Cuando las manos hablan, la diversidad se escucha
En los muros del barrio y en las páginas de un libro sensorial, las manos se convierten en lenguaje, en presencia y en posibilidad. El proyecto “Cuando las manos hablan, la diversidad se escucha”, del colectivo Inclusión Femenina con Pasión, transforma el paisaje urbano y simbólico de la localidad de Barrios Unidos a través del arte colaborativo con la comunidad sorda y oyente.
A partir de cuatro murales del abecedario en Lengua de Señas Colombiana (LSC) y de una serie de aulas vivas comunitarias, el colectivo propone un cruce entre la inclusión, la alfabetización visual y el arte sensorial. Los muros no son aquí superficie, sino canales de expresión. Cada letra pintada es una invitación a aprender, a comunicarse de otro modo, a comprender el cuerpo como lengua y el espacio público como territorio compartido.
Este proceso dio lugar también a la creación de un libro sensorial bilingüe en LSC y español, desarrollado por y para la comunidad, en diálogo con niñas, niños, jóvenes y sus familias. El libro no se lee solo con los ojos: se explora con las manos, se escucha con la piel, se habita con las emociones. Las historias allí recogidas —inspiradas en el territorio, la naturaleza, las emociones y los vínculos— son un gesto radical de accesibilidad cultural, pedagogía comunitaria y justicia sensorial.
El colectivo Inclusión Femenina con Pasión se ha convertido en pionero nacional de esta práctica, con una producción de ocho tomos literarios que abordan temas tan diversos como los derechos sexuales y reproductivos, la fauna y la flora, los mitos del amor romántico, el sistema solar o las emociones humanas, todo en clave de lengua de señas, diseño táctil y narrativa visual. Su apuesta es clara: la inclusión no es una categoría, es una forma de hacer arte, de contar historias y de habitar el mundo.
En esta Bienal, su intervención no se limita a una obra o un libro. Es una invitación a imaginar una ciudad donde las manos también hablen, donde la diversidad no solo se escuche, sino que se toque, se vea, se reconozca. Una ciudad en la que todas las lenguas —visuales, afectivas, corporales— tengan espacio para florecer.